miércoles, 19 de noviembre de 2014

Maremoto editorial

Cuadro de texto:   
 
REVISTA DE ENSAYO Y CRÍTICA CULTURAL
DE MARDULCE EDITORA

Vivian Abenshushan y Luigi Amara
Edición y maremoto: resaca de la edición


Hace poco más de diez años, en un momento que podríamos fechar arbitrariamente a mediados del 2002, cuando surgió Sexto Piso una editorial dirigida por un grupo de jóvenes suicidas, según su propia definición, parecía que un amplio movimiento de renovación y deslinde cultural se extendía en el territorio de la edición en México. En ese entonces se dejaban sentir aún los efectos devastadores que tuvo la crisis económica de 1994, esa caída ante las puertas de la Tierra Prometida (y sin aranceles) que era, según la publicidad del gobierno salinista, el Tratado de Libre Comercio. Los efectos colaterales de aquella mutación fast track hacia el capitalismo neoliberal y sus mercados volátiles son todavía visibles y se reproducen en la devastación del campo, las pequeñas industrias, la precarización general. Y en la desertificación de la cultura, obvio, aunque eso se dé por descontado. Porque el desdén histórico hacia la cultura que los políticos priistas vieron durante décadas casi siempre como espacio de legitimación o cooptaciónse volvió entonces justificado en aras de la supervivencia. Alguien podría decir, sin temor a exagerar, que aquella onda expansiva del llamado error de diciembrese convirtió a la larga en nuestro Chernobyl cultural. En cuestión de meses, desaparecieron decenas de revistas o disminuyeron su periodicidad y sus páginas; los suplementos culturares más importantes cerraron o se redujeron a un cuadrito en la sección de espectáculos; las librerías, en particular las que no se sumaron al modelo cadena de autoservicioo supermercado de libros, se colapsaron en una alarmante reacción en cadena, y la industria editorial en su conjunto comenzó una hibernación que se dirigía en términos generales hacia la bancarrota.

¿Se recuperó alguna vez la edición en México de aquel desplome de sus espacios de circulación habituales? ¿Qué sobrevivió de su potente influencia cultural durante los años sesenta y setenta, con el Fondo de Cultura Económica, Siglo XXI, Joaquín Mortiz (la editorial legendaria que publicó a Elizondo, García Ponce, Ibargüengoitia, Pitol, luego fagocitada por el Grupo Planeta) y Era? En realidad, en los años noventa, que fue la época en que nosotros estudiábamos en la universidad y buscábamos libros debajo de las piedras, nada parecía muy alentador.
          
Todo lo contrario. Regresábamos a casa con las manos vacías, después de haber recorrido las tres o cuatro librerías que sobrevivían en la ciudad de México. Ciertos libros, ciertos autores, se habían esfumado de las estanterías. No sólo porque la marejada de autoayuda no los dejaban respirar, sino porque el criterio del supermercado, según el cual los libros duran en exhibición poco menos que el queso y poco más que el yogurt, había llegado para quedarse. En la nueva dinámica neoliberal, el libro del año pasado se volvía un estorbo, como los viejitos sin pensión. De pronto, las librerías se convirtieron en puntos de venta; los autores en marcas registradas; el editor en jefe de producto. ¡Así que esto es el libre mercado!, pensábamos. Un lenguaje que agoniza para dar paso a otro. Entre los escritores se operó también una transformación. Lo suyo era estar en todas partes, asistir a todos los actos posibles, ir de aquí para allá con movimientos rápidos (ser repetían ante el espejo y a la luz fanfasmal de Berkeleyes ser visto). Aquello era cosa de mirarse todo el día en la televisión.Out of sight, out of mind. En la era del libro mercado lo que prevalecía era la angustia de la ausencia y con ella una nueva relación tersa, cómoda, dócil, con el lector.

¿Qué es lo que había pasado? A finales de los noventa se operó un enorme quiebre cultural en México: la transición de la censura del Estado a la no menos efectiva del Mercado. ¿Pero no era eso precisamente lo que pasaba en el resto del mundo? Todas las voces, las opiniones, los mensajes, parecían sorprendentemente unánimes: Los libros han dejado de leerse desde la perspectiva ideológica para leerse desde la perspectiva del producto.Lo que nos importa señalar es lo siguiente: no hace falta ningún gran inquisidor para que ciertos libros no lleguen a los lectores, para que dejen de leerse, para que no circulen. En el mundo contemporáneo la censura la ejerce, con su mano invisible, el mercado. En Tumba de la ficción, Christian Salmon escribió que las macropolíticas de la globalización han terminado por instalar en todas partes el reino de lo homogéneo, es decir, la unificación de la cultura en su nivel más bajo. Peor aún que la censura de los derechos individuales de expresión resulta hoy el espacio cultural que se está imponiendo por la fuerza. Un espacio cultural estandarizado, homogeneizado, dominado por las grandes agencias mediáticas y las industrias culturales trasnacionales.En aquellos días (también en estos), la censura significaba, ante todo y por doquier, la tiranía de lo Único. En el caso estrictamente editorial, la contradicción entre la prisa del mercado y la lentitud esencial del libro no tardó en proyectar sobre la industria una sombra insospechada, a la Robespierre: en México se guillotinan los libros no rentables, los libros que no se venden a tiempo.

Sexto Piso, Almadía, Bonobos, Mangos de Hacha, El Billar de Lucrecia, Alias, sur+, La Cifra, Ediciones Hungría y el amplio grupo de editores agrupados en la AEMI (Alianza de Editoriales Mexicanas Independientes), entre las que se encuentran Trilce, Ficticia y Ediciones El Milagro, son sólo algunos de los proyectos independientes que comenzaron a surgir durante la alternancia en México (el arribo al poder, por primera vez en setenta años, de un partido distinto). El cambio de milenio, con sus tecnologías diversificadas, sus nuevas dinámicas en la transmisión de la cultura, sus dispositivos de impresión digital, produjo la proliferación de editoriales emergentes en todo el país. Fue entonces que, alentados por la proliferación de ediciones periféricas cuyo combustible principal parecía ser la inconformidad frente al estado de cosas, nosotros decidimos fundar una editorial de talante heterodoxo, irreverente e incómodo: Tumbona Ediciones. El momento nos pareció extraordinariamente estimulante y sintomático, tanto que llegamos a pensar incluso en un maremoto, la metáfora que usaba el colectivo Luther Blissett en los años noventa para describir ese movimiento subterráneo de transfiguración cultural que alentaron en Italia y Europa con la guerrilla cultural, el copyleft y la Huelga del Arte. Un maremoto editorial capaz de contrarrestar, así fuera simbólicamente, el poder monopólico de los grandes consorcios de la edición. Éramos editores románticos (pero de ojos abiertos) y creíamos en el presente.

Por primera vez, el gremio de los editores se ponía de acuerdo para impulsar una Ley del Libro entre cuyas finalidades se encontraba la instauración del Precio Único, una estrategia que sancionaba los descuentos leoninos que las cadenas de librerías imponían a los editores y que había producido la quiebra de cientos de librerías pequeñas que no podían competir con ellas. La Ley, entre otras cosas, buscaba ampliar la apertura de librerías de barrio en el DF y fuera de él. Sin embargo, sin reglamento ni sanciones claras, la iniciativa nació como letra muerta, dio paso a la incertidumbre y vaguedad, y se quedó en la neblina para encubrir las viejas prácticas. Muchas editoriales fijaron el precio único a la alza, para aprovechar el periodo de re etiquetación, y en lugar de que se hiciera sentir la fuerza del maremoto independiente como contrapeso, el impulso se redujo a meros torbellinos de espuma, patadas de ahogado aquí y allá a favor de una causa que, sin mostrar sus beneficios o sus taras verdaderas, pues nunca entró en vigor propiamente, se diría que ya no le entusiasmaba a nadie.

Por otro lado, advertimos que la edición independienteera una categoría que se usaba para significar cosas distintas, poco discutidas, a menudo contradictorias. Si el principal desmarque de esta nueva oleada de editoriales independientes parecía ser la reducción del libro a la condición de mercancía, pronto quedó claro que, para muchas editoriales, esa presunta independencia era sólo una máscara conveniente y de moda para disfrazar su pequeñez o falta de inversión inicial. Pronto quedó claro que independienteera otra forma de decir editorial chicao de reciente creación, y sólo hasta cierto punto las que se asumían como marginales entendían esa cualidad topológica con algún grado de espíritu combativo y voluntad de resistencia. Aunque se presentaban bajo el aura desfachatada de lo indie, algunas editoriales no querían dar el menor paso fuera de la lógica del mercado ni proponían caminos alternos para no sucumbir a sus imperativos. Pese a que al interior de sus catálogos tal vez mantenían una postura de congruencia, en los hechos seguían el mismo esquema de sobreexposición de autores, la aceptación tácita de las condiciones de las grandes librerías, la falta de sentido de colaboración para resolver problemas comunes con sus pares.

Cada una resolvió el problema de la supervivencia a su modo: montando distribuidoras o librerías independientes (siempre demasiado pocas), abriendo sucursales en España o exportando libros, pero sobre todo haciendo convenios de coedición con el Estado. Paradoja de los tiempos en la tierra del ogro filantrópico: una forma de preservar la independencia frente a la homogeneidad del mercado era aliarse con la política gubernamental; en un país que, según las estadísticas, lee muy poco (cada habitante en promedio lee menos de tres libros al año), resultó que una vía de escape para apostar todavía por lo no-forzosamente-comercial, lo periférico y anómalo, en una palabra, por el riesgo estético, era buscar apoyos estatales. ¿A costa del empuje combativo y de exponerse a la coerción política? No necesariamente, aunque eso no queda del todo claro.

Visto a la distancia, aquel gran estallido, aquella marejada y efervescencia inicial que prometía un movimiento tan decisivo como el que marcaron las editoriales independientes en la década de los sesenta en México, asemeja, más que a otra cosa, a un río revuelto, a una confusión de aguas turbias, donde medran los tiburones de siempre. Cuando quedó claro que algunas de esas editoriales no tenían el menor reparo en que los libros fueran domesticados, normalizados, estandarizados por la lógica de la rentabilidad, comenzó a gestarse lentamente una contramarea, la resaca crítica de las preguntas. Si el marbete de independenciaestá a punto de perder todo sentido, desnaturalizado por el tsunami del capital; si a falta de un compromiso con la experimentación, el lenguaje, el riesgo, la heterodoxia y el pensamiento crítico; a falta de un contrajuego, de una alternativa a las prioridades netamente comerciales, hay sellos que se empeñan en llamarse aún independientes, quizá ha llegado el momento de cambiar de lenguaje, esto es, de política. Tal vez en esta contramarea lo que se está gestando es una nueva ola, de la que ya asoma una incipiente pero promisoria cresta: la ola de la edición a contracorriente, de la edición decididamente de resistencia.

*Vivian Abenshushan nació en México en 1972. Es ensayista, escritora y editora de la editorial Tumbona.
*Luigi Amara nació en México en 1971, es poeta, ensayista y editor de la editorial Tumbona



Mercado editorial

           

REVISTA DE ENSAYO Y CRÍTICA CULTURAL
DE MARDULCE EDITORA





Liborio Barrera y Julián Rodríguez
España: la situación del mercado editorial


Continuamos con nuestra serie de reflexiones sobre el estado del mercado editorial con especial atención en la edición independienteen América latina y España. En este caso, la España de estos tiempos de crisis. Primero, el artículo de Liborio Barreda, un amplio panorama de los perfiles de las editoriales españolas hoy; y luego el de Julián Rodríguez, que toma el caso de la editorial Periférica.



Nuevos editores para nuevos tiempos

Por Liborio Barrera*



Intro

La aparición en España, a finales del pasado siglo, de editoriales como Lengua de Trapo, DVD Ediciones, Páginas de Espuma, Minúscula, Gadir o Funambulista anticipó el cambio que iba a producirse en la primera década del siglo XXI en el panorama editorial español: la irrupción de un importante número de pequeños sellos que han protagonizado durante estos últimos años una renovación editorial que aún hoy, en el centro del huracán de una desastrosa crisis económica, no parece haber concluido.

Esas cuatro pequeñas editoriales citadas anticiparon la llegada de proyectos como Alpha Decay, Libros del Asteroide, Nórdica, Periférica, Impedimenta, Cabaret Voltaire, Errata Naturae, Capitán Swing, Blackie Books, Alfabia, Melusinaque bien han rescatado a autores inéditos en España o de reducida difusión procedentes de tradiciones literarias consolidadas o escasamente difundidas aquí; bien han descubierto a nuevos escritores, propios o foráneos, o a otros de trayectoria prestigiosa en sus países de origen; bien han aportado textos para el debate sobre cuestiones esenciales de la sociedad actual...

Todas ellas han creado, y están creando, un tejido de lectores poco dóciles a una literatura convencional o de grandes tirajes. Incluso movimientos literarios autóctonos como la llamada Generación Nocilla empezaron a gestarse con las obras publicadas en pequeñas editoriales como Candaya o Berenice, quizá menos conocidas que las anteriormente citadas (amén de en DVD Ediciones), aunque sus protagonistas, por deseo expreso de los autores, es evidente, han acabado fichados por algunos de los grandes conglomerados del libro.

La reducida estructura de estos sellos les está permitiendo aguantar la bajada de ventas o la desaparición de librerías en medio de la crisis, aunque hay que señalar un dato negativo: una de las pioneras, DVD, anunció que cerraba hace unos meses, y se habla ya de crisis en otras más.

Estas dos oleadasde editoriales independientes han supuesto un relevo en el panorama de las llamadas, en ocasiones, Grandes Independientes, de mayor volumen de negocio y trayectoria de décadas (Anagrama, Tusquets, Pre-Textos, y hasta no hace tanto Lumen), cuyos responsables, sin claros herederos en sus familias, se han visto finalmente obligados a compartir la propiedad con otras empresas para asegurar su continuidad: Anagrama ha vendido a Feltrinelli, Tusquets se ha sumadoa Planeta, y Lumen fue vendida al Grupo Random House Mondadori.

El trabajo casi artesanal, con un gran cuidado por lo formal, por todos los procesos de la edición, es una de las claves de esta nueva edición: no sólo la selección de los escritores, sus obras y sus traductores (cuando son precisos), sino también el diseño de portadas, la elección de la tipografía, el tipo de papel o la redacción de las solapas y contracubiertas.

Su diversidad (cultural, pero también política) constituye una aportación indudable al diálogo en una sociedad democrática. La concesión en 2008 del Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial al grupo Contexto, que agrupa amicalmente a seis de estas editoriales (Sexto Piso, Periférica, Impedimenta, Libros del Asteroide, Nórdica Libros, Global Rhythm) refrendaba el momento de eclosión de este movimiento de renovación editorial, que libreros y medios de comunicación también han respaldado. Fue este grupo, precisamente, el que acuñó el lema Nuevos editores para nuevos tiempos”… como distintivorespecto a la generación senior quizá.



Claves

-La composición de estas editoriales es básica. Personal reducido a dos o tres personas (a veces incluso tan sólo el propio editor, con correctores y diseñadores externos), gastos mínimos (la casa propia, o piso alquilado, como sede editorial), tiradas ajustadas y conexión a internet, que ha sido fundamental para desarrollar el trabajo... Además de líneas aéreas low cost y viajes en grupo

-Barcelona, que tradicionalmente ha sido el centro editorial español, y Madrid concentran la práctica totalidad de estas iniciativas, pero no exclusivamente. En otras ciudades, los nuevos editores han sido capaces de romper ese centralismo y difundir sus libros en igualdad de oportunidades: Xórdica y Contraseña en Zaragoza, El Olivo Azul en Sevilla, KRK en Oviedo, Candaya en Gerona, Ediciones del Viento en La Coruña, Periférica en Cáceres.

-Concebidas como empresas culturales más que económicas, su rentabilidad no está determinada por las altas ventas de sus libros, sino por una búsqueda de la calidad a ultranza. No andan a la caza y captura de best-sellers. Sólo un golpe de azar, un repentino cambio en el Zeitgeist librero o una circunstancia inesperada (aunque también la intuición de que sus libros pueden hallar sus lectores) convierte a veces la apuesta personal en una fuente de ingresos: Nórdica publicó un poemario y una antología del poeta sueco Tomas Tranströmer meses antes de que en noviembre del pasado año la Academia Sueca lo premiara con el Nobel de Literatura; Libros del Asteroide halló en la Trilogía de Deptford del canadiense Robertson Davis un maná económico que consolidó la presencia de la editorial en todo el país, avivada por su apuesta por un autor mítico en España desde la República: Manuel Chaves Nogales; Impedimenta lo logró con los dos libros protagonizados por el personaje Flora Poste de la inglesa Stella Gibbons; Periférica ha conseguido que un joven autor mexicano desconocido, Yuri Herrera, sea traducido por algunas de las más prestigiosas editoriales del mundo, vendiendo sus derechos a firmas como Gallimard, Faber & Faber, S. Fischer, etcétera.

-Las nuevas editoriales han incorporado como herramientas para su difusión y contacto con los lectores las redes sociales. Están en Facebook, en Twitter, disponen de páginas propias en Internet, crean microsites o booktrailers para publicitar sus lanzamientosDe manera que desde cualquier lugar del mundo, uno puede estar al tanto de sus novedades

-Es muy notable, incluso sorprendente para quienes nos dedicamos al periodismo cultural, la rapidez con la que estas nuevas editoriales han encontrado una gran acogida, no sólo en librerías y grandes superficies, sino también en los medios de comunicaciónAlguien los ha llamado Los esperados, lo que ya da una idea de la necesidadque había de renovación: las cubiertas (tapas) en las librerías españolas son ahora de muchos colores distintos, de muchos diseños diversos.

-Defensoras del libro como objeto, muchas de ellas se mantienen expectantes ante la irrupción del libro electrónico, y aún no lo han incorporado a sus catálogos.



Obras y autores

Lectores antes que empresarios, hallamos editores provenientes del propio sector, bien porque han trabajado para otras editoriales antes de fundar las suyas (Ana S. Pareja, de Alpha Decay; Enrique Redel, de Impedimenta; Diego Moreno de Nórdica; Jan Martin de Blackie Books, o Malcom Barral, de Barril & Barral) o como comerciales (Gonzalo Canedo, de Libros del Silencio). Pero también los hay ajenos a este mundo (Miguel Lázaro, de Sajalín; Irene Antón y Rubén Hernández de Errata Naturae).

¿Y qué autores son los elegidos? Resulta imposible constreñir en este espacio el universo de escritores y obras que conforman sus catálogos. Cabaret Voltaire, por ejemplo, se ha especializado en la literatura de habla francesa (Balzac, Cocteau, Chuckri, Gide o Modiano). Minúscula atiende en su colección Alexanderplatz la literatura alemana del siglo XX y de las áreas en las que ha ejercido su influencia (Irmgard Keun, Friedrich Reck, Franz Werfel, Soma Morgensten), Gadir ha rescatado a autores italianos (Buzzati, Vitorini, Carlo Levi, Luigi Malerba) y Nórdica, como su nombre indica, ha traído a España la literatura de los países nórdicos (Knut Hamsun, Strindberg, Lars Gustafson).

Pero ni estas editoriales ni el resto reducen a una única geografía o época su selección. Sajalín publica narrativa extranjera inédita u olvidada (Malamud, Dante, Osamu Dazai), lo que comparte con Libros del Asteroide (que sin embargo ha promovido la recuperación, como decíamos, del español Manuel Chaves Nogales). Errata Naturae, que alterna ficción extranjera (Lafcadio Hearn, Franz Hessel) y no ficción (filosofía, sociología, política, cinecon autores como Enzesberger, Hazan o Dos Passos), ha publicado volúmenes dedicados a series de televisión como Juego de Tronos, The Wire o Los Soprano); y Melusina ha optado por un tipo de ensayo combativo, crítico (ha abordado el conflicto entre Israel y Palestina, el Tercer Reich o el capitalismo).

Digamos que han enriquecido el horizonte de lectura y las visiones de la realidad. Han mirado a otros lados, inéditos o poco frecuentados en España, proponiendo una revisión cultural del siglo XX y del tiempo presente. El mejor lector posible para cada libro, reza uno de los principios del manifiesto que el grupo Contexto hizo público tras su fundación.

Si numerosas antologías han fotografiado en reiteradas ocasiones la imagen de una literatura hispanoamericana múltiple y libre en sus formas y temas, esa imagen puede contemplarse en los catálogos de estas editoriales, que han llevado a cabo un esfuerzo similar a la difusión que en los años 60 se dio en España a los autores que conformaron el boom. Veamos algunos nombres. En Periférica hallamos a los argentinos Fogwill, a la chilena Diamela Eltit, al boliviano Maximiliano Barrientos, al peruano Mirko Lauer, al mexicano Yuri Herrera, a la dominicana Rita Indiana (amén de muchos clásicos y contemporáneos en otras lenguas). En Alpha Decay puede leerse a los argentinos Fabián Casas, Pola Oloixarac e Inés Acevedo; en Veintisiete Letras a los argentino Rodolfo Walsh, Andrés Rivera y Carlos Gamerro, al costarricense Carlos Cortés o al ecuatoriano Javier Vascónez; en La Uña Rota, al argentino Diego Meret; en Barataria, a los argentinos Macedonio Fernández y Elsa Plaza, a la chilena Claudia Apablaza, a los peruanos César Vallejo y Patricia de Souza o al cubano Lorenzo García Vega; en Candaya, al venezolano Enodio Quintero, a los peruanos Sergio Galarza y Diego Trelles, a los argentinos Lázaro Covadlo y Sergio Chejfec; y en Páginas de Espuma (especializada en el género del cuento), a los mexicanos Antonio Ortuño, Ignacio Padilla y Guillermo Arriaga, a los argentinos Eduardo Berti, Ana María Shua y Marcelo Cohen, al peruano Fernando Iwasaki, al panameño Enrique Jaramillo o al venezolano Juan Carlos Méndez.



Una excepción reseñable

Una de las alabanzas que las pequeñas editoriales han recibido se refiere a su valor como sellos independientes frente a las multinacionales del libro, más pendientes de realizar equilibrios entre la inversión que requiere cada obra y el beneficio que deparará. Una excepción es el pequeño sello Caballo de Troya, creado en 2004 dentro de Random House Mondadori y dirigido por un editor senior de gran prestigio, antaño crítico literario en El País y director literario de Debate, Constantino Bértolo. Su singularidad viene dada porque es el único sello dedicado casi exclusivamente a noveles (aunque sean noveles ancianos para el lector español, como la argentina Aurora Venturini). Mercedes Cebrián, Alberto Lema o Coradino Vega han publicado en ella sus primeros libros. Algunos de estos autores han pasado a la colección de referencia Literatura Mondadori (la propia Cebrián o Lolita Bosch). Y otros han sido fichados por alguna de las nuevas editoriales (Fernando San Basilio por Impedimenta). Sin concesiones a una literatura asequible, de cliché, genérica, este sello ha ido construyendo, además, a través de sus ficciones y ocasionales ensayos un discurso de crítica política al capitalismo. Comparte el espíritu (y el físico, por sus dimensiones: uno o dos libros al mes) de las independientes, y con ellas define el panorama renovado de la nueva edición española.



*Liborio Barrera es escritor y periodista. Es responsable de las páginas de cultura de El Periódico de Extremadura, perteneciente al Grupo Z.



Un apunte: editores y no re-editores

Por Julián Rodríguez*



España se ha llenado de nuevas editoriales. Sin embargo, según los más críticos, la llamada edición independiente española está más compuesta por reeditores que por editores. Ésa es la noticia. Y ésa la polémica, si es que queda lugar para polémicas más allá de la crisis y el apocalipsis que anuncia, según algunos, la llegada masiva de e-books. ¿Quién descubrirá a un nuevo autor, quién apostará por los escritores desconocidos, quién traducirá lo menos mainstream en medio de un panorama saturado por recuperaciones de clásicosno siempre interesantes?

¿Por qué no hacer declaraciones? Periférica nació hace 6 años con vocación de ser editorial y no re-editorialAunque sin anteojeras: había que prestar atención también a aquellos textos clásicosque necesitaban más eco.

            No buscamos en el Panteón de Escritores Muertos Ilustres, sino que trabajamos para crear catálogo.

Por ello, tratamos a los contemporáneos como clásicos, y hacemos que unos y otros compartan el mismo espaciosin distinción. Nuestros más jóvenes autores en español: el mexicano Yuri Herrera, el chileno Carlos Labbé, el boliviano Maximiliano Barrientos, la dominicana Rita Indiana y el español Carlos Pardo conviven con otros jóvenes: la francesa Valèrie Mrèjen, el inglés Gul Y. Davis, el italiano Michele Moninapero también con Benjamin Constant y Jules Vallès, Gordon Lish y Elizabeth Smart, Franziska von Reventlow y Gianni Celati.

O dicho de otro modo: Los pichiciegos de Fogwill comparte espacio con Las cuatro estaciones de la rumana Ana Blandiana; Sobre la felicidad a ultranza del italiano Ugo Cornia (que ronda los 50) con la sutilmente demoledora Precioso día para la boda de Julia Strachey, sobrina de Lytton y autora junior del Grupo Bloomsbury y de The Hogarth Press.

No podríamos hablar de un solo libro, de un solo autor. Los breves tomos que hemos dedicado a los aforismos de Antoine de Rivarol, Gourmont  y Joubert nos resultan tan fundamentales como La asesina, del griego Alexandros Papadiamantis, o Cartas de amor a Mina Loy, de Arthur Cravan. El catálogo de una editorial es su principal y único valor; su energía y su aval. Da igual el nombre, da igual el lugar o país desde el que edites, da igual tu podermediático o económico: para juzgar a una editorial lo único que hemos de recorrer son las líneas (los nombres propios, tanto los sonantescomo los poco sonanteso asonantes) de su catálogo y, sobre todo, muy especialmente, la conjunción entre todos esos nombres. A todo esto algunos lo llaman perfil, y nos parece bien: el perfil de un rostro llamado editorial.



*Julián Rodríguez es director literario y propietario, junto a Paca Flores (responsable de prensa y librerías), de la editorial Periférica. Es también escritor.